kopfbild


fragmentos

librobild



Escrito en castellano.
Una vista de la vida en fragmentos.

fragmentos

Copyright r Genoveva Serra Caselles, 2007
Reservados todos los derechos.

Deposito legal V- 1109 - 2007
Valencia, Agosto 2007

Traducción, diseño de la cubierta y maquetación:
Klaus-Dieter Zorn



     De repente un día, mientras paseaba cogida a mi perro Tom, vi pasar el tren a lo lejos y sentí que pasaba y se alejaba y eso había sido todo lo que había quedado de él en mi retina y en mi cerebro. Un instante. Supe entonces que quería escribir una novela porque yo también pasaría y quería dejar algo en el corazón de las personas que leyeran mi novela. Porque al fin y al cabo esa era yo, esa era mi vida y ese era mi paso por esta tierra. Y también porque al fin y al cabo la mujer avestruz soy yo.



Susana

librobild

la mujer avestruz, un fragmento





     Mis padres tenían una granja al norte de KingsVille. No era una de esas fincas enormes que había en el valle, pero tenía bastante terreno de cultivo y nos iba bien en las cosechas. Así que mi padre se sentía un hombre feliz y realizado, se portaba bien con mi madre y eso nos gustaba a mi hermano y a mi. A veces lo comentábamos cuando solíamos a dar largos paseos, siempre solíamos pensar en lo contrario de la vida que teníamos, para hacernos sufrir un poco y después volver a la realidad sabiendo que era tan bonita y placentera, que nunca había discusiones en casa y que la chimenea encendida por las noches iluminaba a un verdadero hogar. Un poco más al sur podíamos ver las montañas de QueensVille y solíamos imaginar nombres para ellas. Les hablábamos, les contábamos nuestras penas y ellas nos contestaban.

     Mi madre no era coqueta, pero lo parecía. Eso le decían sus amigos y ella se reía. Pero yo lo era de verdad.

     Solíamos pintarnos juntos ante un espejo y después nos reíamos, si la otra lo había hecho de una manera más original o peor que la otra. Después salíamos del baño y si era por la noche les enseñábamos nuestros avances a los dos hombres de la casa, que miraban aturdidos como si fuera la primera vez que nos veían.

     Sentados ante aquella chimenea tan grande en las noches de invierno, mi padre nos solía contar historias. Así lo llamaba y yo le miraba los cambios que experimentaba en su cara por la luz de la lumbre. Creo que nunca acababa de escuchar totalmente sus historias. Acababa imaginando a mi padre de otra manera y veía como se transformaba con barba, sin ella, con gafas, alto, bajo. Y mi madre acababa durmiéndose , mi hermano escuchaba con los ojos muy abiertos y yo dejaba correr mi imaginación. Y poco a poco sentía que estaba en otro mundo y otra vez volvía a pasar. Me alejaba mentalmente del lugar. Sin saber porque ya no permanecía sentado junto a mi familia, ni mi padre era el mismo. Pensaba en mi madre con trajes largos y su pelo rizado o con tribuzones y a mi hermano le imaginaba cruzando África en busca quien sabe, de su destino, de su amor, o tan solo de una aventura real que poder contar a sus nietos en un futuro.

     Y así transcurrían aquellas noches llenas de calor y ternura. De repente miraba a mi perro que también escuchaba con atención y me preguntaba, si el mismo entendería a mi padre o tal vez este le transportaría con otros animales amiguitos suyos.

     Y así, poco a poco nos relajábamos hasta que teníamos que ir corriendo a la cama porque corríamos el peligro de quedarnos durmiendo todos ante el fuego.

     En las épocas de cosecha mi padre contrataba a unos hombres para que le ayudaran en la recolección del trigo. Eran jornaleros que iban de granja en granja. Venían de todas partes y dejaban a sus familias durante meses para ganar sus salarios y después volver a sus casas cargados con verduras. Algunos con demasiado alcohol por haber estado tanto tiempo separados de sus familias y poderlo soportar.

     Yo entendía a veces la tristeza de aquellos hombres. Sus miradas y su entusiasmo en el trabajo para terminar cuanto antes y regresar a sus hogares.

     Nuestro vecino más próximo, el sr. Zin no trataba bien a los hombres que trabajaban para él, y estos a su vez siempre acudían a mi padre para que les diera el trabajo a ellos antes de ir a la granja vecina. Así que año tras año mi padre ya no tenía que buscar otros jornaleros, venían los mismos y se formó como una gran familia. Mi padre los apreciaba. Eran hombres honrados y fuertes, sin complejos, libres y humanos. Pero siempre había algún roce entre ellos que solía terminar pronto. Y esa era la única advertencia de mi padre. No quería peleas.

     Mi abuela Teni, antes de morir me contó, que mi padre odiaba las peleas, porque se había criado rodeado de discusiones, cuando sus padres reñían y que cuando era pequeño y oía una palabra más alta que la otra, solía correr tanto hacia ninguna parte, que algunas veces de pequeño no sabía volver a casa si se adentraba en algún bosque cercano. Y eso es algo que a mi abuela Teni le había acompañado siempre. Ese dolor de sentir que su hijito no había tenido una infancia feliz. Esa sensación de que tal vez no había sido una buena madre o no había apoyado a su hijo lo suficiente a centrarle en su vida, en su marido y en sus desavenencias.

     La abuela Teni era buena, muy buena. Pero su esposo, mi abuelo, era un hombre tácito y arisco, poco amigo de las palabras que solo utilizaba en las peleas y que después quedaba durante días. Así mi padre parecía un niño arisco e introvertido. Durante años no hablaba con su padre y no tuvo amigos. Hasta que conoció a mi madre y su vida cambió para siempre.

     Mi perro Tom y yo dábamos paseos hacia el pueblo. Solía encontrar a muchas personas conocidas en el camino. Sus saludos siempre eran alegres. Solo había uno que no lo era. El señor Zin. Poseía la mayor plantación de trigo de toda la comarca. Era un hombre rudo y corpulento capaz de asustar a alguien en una noche sin luna ni luces. La primera vez que le vi llevaba una escopeta colgada. Y así, con sus botas, llegué a pensar que era un espíritu de otro mundo, porque su bigote no parecía el de ningún amigo de mi padre. Y eso ya me parecía extraño. Mi padre solía decir que solo bebía cerveza una vez a la semana y que nunca invitaba a sus amigos. Que tampoco asistía a fiesta alguna después de la cosecha y que no solía mirar a los ojos de las personas. Esto último no era cierto. Pues yo sabía que cuando me cruzaba con él, me miraba fijamente y a mi perro Tom también.

     Mi perro Tom y yo teníamos nuestros senderos marcados, también donde parar, comer la merienda, solo por descansar o contar hormigas. Él no se alejaba nunca de mi y yo le quería, como le quería.

     Al final siempre íbamos a ver a mi amiga Magda, una niña de Kenia que vivía con su familia cerca de nuestra casa. Sus padres ayudaban a los granjeros del sur de nuestra casa, pero permanecían allí todo el tiempo.

Su padre había construido una pequeña casa cerca de la de los dueños de la finca, pero siempre estaban en la misma casa.

     Magda era mi mejor amiga. Con ella se podía compartir todo. Todo de verdad. Nunca se burlaba de mis cosas. Nunca se reía de cómo me había pintado y las dos habíamos decidido que seríamos pintoras, que no queríamos estudiar, que viajaríamos por el mundo, que tendríamos los mejores pinturas de paisajes y de animales nunca vistos y que nunca nos detendríamos en algún lugar.

     Con Magda el tiempo era bonito y las flores también y Magda opinaba lo mismo de mi. Ella decía, como podía tener el pelo tan negro y la piel tan blanca y le contestaba bromeando que mis antepasados eran negros y blancos que se habían mezclado y de cada uno de ellos había surgido lo que veía ante si. Ella solía reírse mucho con mis historias. Se reía tanto que lloraba y eso nos hacía reír mucho más.

     Yo sentía cariño por Magda y sus padres. Sobre todo por su madre. Ella siempre me tocaba el pelo y eso me gustaba. Decía que tenía el pelo como un caballo, negro y fuerte. Con los años he ido dándome cuenta de cuan importantes eran para mi los comentarios de la madre de Magda para mi.

     Aquella mujer solo tuvo alabanzas y cariño para mi persona, tanto de mi forma de ser como de mi físico y mis encantos. Y yo se las devolvía con creces a Magda. Le decía que quería tener la piel de ella y quedarme con mi pelo. Y así transcurrían nuestras visitas aunque que yo recuerde nunca nos peleábamos ni hablamos de nada trascendental en aquellos años. Eso tenía que ser así. Era bueno poder volar quizás y reír de dentro a fuera.

     Recuerdo tan nítidamente aquella noche de Abril. La tormenta, el cielo oscurecerse de repente y revolotear todo aquello que no se hallaba sujeto. El polvo que se levantaba alrededor y el cielo que se abría, intentando avisar de que la lluvia aparecería, para oscurecerse instantes después con una intensa tormenta.

     Yo estaba terminando mis deberes y mi hermano seguía ensimismado mirando, no sé algo, en la ventana.

     Fres, uno de los trabajadores de mi padre no había ido ese día con ellos, se encontraba mal desde hacía varias semanas y mi padre le rogó que se quedara unos días sin trabajar.

     Mi madre le había preparado una sopa caliente y mientras mi hermano y yo permanecíamos en casa, ella nos avisó de que iba a traérsela al refugio donde los hombres solían cocinar y dormir.

     Los árboles se movían de un lado a otro tambaleándose tanto que sus ramas golpeaban la casa. Estaba anocheciendo y mi padre no llegaba, así que pensé que como no llovía aun, aunque ya no tardaría en caer una buena tormenta, podía ir a esperarlo con mi perro, seguir el camino de la calle que era el más fácil. Busqué a mi perro entonces por todas partes y no lo encontré. Mi hermano, cuando le pregunté, estaba tan absorto que ni me contestó. Debía estar en la parte de atrás, pensé. Salí entonces a buscarlo pero tampoco allí estaba.

     Empecé a preocuparme y entré de nuevo en la casa. En ese momento pensé que tal vez al salir mi madre él la había acompañado, así que salí corriendo hacia el refugio, no le llamé porque solo lo hacía con un silbido y no quería asustar a Fres por si estaba dormido. Mi madre tampoco había regresado, así que pensé que debía seguir allí y tal vez mi perro con ellos.

     A lo lejos logré vislumbrar unas luces y sentí que mi padre estaba cerca con los hombres. Eso me reconfortó. Cuando llegué al refugio había poca luz y yo me asomé a la ventana del oeste. Pero no vi a nadie. Entonces fui a mirar desde la esquina y en ese momento un trueno seguido casi de un relámpago sonaran en mi cabeza. Pero pude ver a mi madre abrazada con todas sus fuerzas a Fres. Yo seguí mirando. No podía dejar de mirar y él la besó las manos y la frente. Fres era un hombre alto y delgado. Había venido del sur. No como sus compañeros. Era la tercera temporada que lo veíamos. Así que no lo conocíamos muy bien.

     No experimenté ninguna sorpresa, tampoco desagrado. Permanecí mirando hasta que mi madre salió. Estoy segura de que me vio pero no dijo nada.

     Fue en ese momento cuando las piernas me empezaban a temblar y sentí deseos de correr y gritar. La tormenta se acercaba y mi padre también. Sé que estaba pálida y no sentía tacto en mis manos. Ella ni siquiera me había mirado, ni siquiera me había hablado. Yo era nada para ella en aquel instante.

     Quería llorar y no podía. Su frialdad al descubrir su doble intención de vida con mi padre, no me permitían estallar y entonces bajé la cabeza, miré al suelo y caminé todo lo más lentamente que pude hacia mi casa.

     Creo que debí andar cientos de kilómetros porque nunca llegaba. ¿Ó es que no quería ya llegar jamás?

     En ese momento oí a mi padre llamarme y volví a la realidad. Comprendí porque había salido y volví a mirar por todas partes para buscar a mi perro. Allí estaba, contento, tal vez había salido junto a mi padre y eso me extrañó. Él nunca se alejaba de mi, pero mi perro sabía como nadie que ese día iba a marcar el resto de muchos días intranquilos, tenebrosos y llenos de intriga.


     Los días siguientes a la tormenta que al final no llegó a ser tan fuerte como se preveía, transcurrieron normales. Pero yo noté que mi madre no me hablaba, pero lo más cruel era que no me miraba.

     Intenté en vano llamar su atención y reclamar sus palabras, pero fue inútil. Y así durante mucho tiempo.

     Yo no había malinterpretado el hecho de que mi madre engañara a mi padre. Sabía que esas cosas pasan pero no comprendía el silencio y la indiferencia de mi madre hacia mi a partir de aquel momento.

     Una tarde intenté entablar un poco de conversación con Fres mientras guardaba las herramientas del camión, pero dijo pocas palabras y yo supe que él no quería hablar conmigo. Siguieron los días hasta que la temporada de la cosecha terminó y los hombres volvieron a sus casas.

     Siempre que íbamos de compras a QueensVille recordaba a Fres. Temía verlo allí con su familia y no saber que decirle. Me volví un poco asustadiza y lo que antes me parecían calles llenas de gente bondadosa, empezaron a ser lugares con personas que tal vez sabían lo de mi madre. Pero después pensaba que eso era imposible, pues ellos no habían mostrado su amor en cualquier sitio.

     El día que me tropecé con Zin había llovido y mis botas tenían un poco de barro. Estaba limpiándolas en una pequeña alfombra para entrar en una tienda cuando a causa, supongo, que de un hombre que llevaba prisa, él se apartó y rozó mi espalda. Yo me volví y sus ojos se clavaron en los míos, entonces algo frío me recorrió el cuerpo. Algo que poco a poco se convirtió en calor y en un instante nos hicimos amigos. No tuve que decir nada y él tampoco, pero me ayudó a entrar con el resto de la compra y hablamos.

     Cuando se presentó, su voz era ruda y casi ronca. Pero al estrechar su mano noté que nunca podría perderme si estaba cerca de él.

Era como si me indicara el camino, como si estuviera escrito.

     La senda estaba marcada y yo quería seguirla.

      Estuvimos hablando poco tiempo. Me invitó a ver sus animales y a visitarle, también yo le invité a nuestra casa pero no sé muy bien porque lo hice. Surgió. Él hacía que las cosas fueran fáciles y que el tiempo solo pasara fuera de nosotros. En nuestro interior él detenía el tiempo.

      Y a partir de entonces empecé a llamarle así. Cuando me acompañaba hacia el coche de mi padre, me pregunté porqué era tan amable conmigo. Pero eso no me importaba, me sentía tan a gusto esa tarde y no sabía a ciencia cierta porqué.

      Cuando se alejaba con su paso firme y decidido, giró la cabeza para saludarme de nuevo y pensé que QueensVille era de otro color y que su sonrisa no podía dejarme nunca a pesar de que mucha gente pensaba que era serio y que nunca prestaba atención a nadie. Pero él era alegre, yo lo sabía. ¿Por qué entonces quería aparentar lo contrario?





Mandamientos de la pareja




1º Yo quiero emancipación - no destrucción

2º Yo digo adelante - no atrás

3º Yo quiero respeto - y no rivalidad

4º Yo quiero caricias - no bofetadas

5º Yo quiero paciencia - no esclavitud

6º Yo quiero comprensión - no imposición

7º Yo quiero bajar un escalón - mañana subirlo

8º Yo quiero esperar - y ser esperada

9º Yo quiero individualidad - no conformidad

10º Yo quiero amor para ser amada - y amada para dar amor


Copyright 1998 - 2014

Genoveva Serra - art

página principal