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Luz de luces

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Escrito en castellano y traducido al alemán.

Un relato.

Luz de luces

Copyright r Genoveva Serra Caselles, 2008
Reservados todos los derechos.

Deposito legal V- 1073 - 08
Valencia, Junio 2008

Traducción, diseño de la cubierta y maquetación:
Klaus-Dieter Zorn

     Bajé un día de verano hasta la playa para seguir recogiendo las conchas tan bonitas que vendía a los turistas los domingos a la salida de misa.

     El padre Andrés nos daba bollos a la salida y cuando me daba más de uno lo repartía con mis amigos, hasta que un día el único que me dio lo regalé al hermanito pequeño de Joaquín. El trato era, él me cantaba una canción y un verso y yo le regalaba un bollo.

     Como transcurrió aquel verano. Tan rápido, tan calmoso y alegre. lleno de conchas, de olas enormes algunos días y del olor a mi mar Mediterráneo que tanto añoraba años después cuando a lo lejos en la distancia y en el tiempo disfrutaba de sus brisas y anocheceres.



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     Fue uno de esos días cuando vi por primera vez el encanto de una sonrisa y unos ojos que al mirarme dirigían hacía mi todo un sin fin de emociones ricas en ternura, confianza y complicidad.

A veces cuando cierro los ojos vislumbro su mirada penetrante que te hacía intuir que en él podías confiar, que era tu amigo y así lo expresó el día que nos conocimos al acercarse a mi.

     Una de mis alpargatas se había desatado y yo intentaba atarla de nuevo poniendo uno de mis pies sobre el bordillo de la acera. Hacia tanto calor que al agacharme sabía que al volver a incorporarme me iba a marear y cuando así lo hice él estaba allí sonriéndome y sin decir una sola palabra supe que siempre estaba allí, que sería mi amigo siempre, que en él podría confiar y que sus cálidas manos no dejarían que me cayera jamás.

     Ante esta sensación habló un poco más tarde, pero no para presentarse. ¿Acaso hacía falta?

     Sus padres vivían en la casa de Mals. Era una esquina que al tener tanta vegetación inundada de árboles hacía imposible mirar a través de ellos y contemplar la bonita casa que allí existía. Quedaba lejos de la mía y no frecuentábamos los mismos lugares. Tampoco los mismos amigos. Nuestros padres no iban a las mismas fiestas, así que a la salida de la Iglesia tenia que ser nuestro punto de encuentro. A veces pienso que fue el instante más maravilloso del tiempo, aquel instante en el que le vi.

     Los lunes al atardecer mis amigos y yo solíamos ir a ver las puestas de sol. Llevábamos comida y allí junto al mar, en la arena, respirando aquel olor a mar, a cielo, a tiempo interminable, contábamos historias, cantábamos, nos dábamos besos y a veces hasta oíamos como alguien nos susurraba al oído que nos quería, que estaba enamorado, que éramos la mujer de su vida. En aquellos días yo no salía con ningún chico. Había intentado ser amiga de Luis y algo más. Pero era tan estirado que me eclipsaba y después de darme plantón dos veces ya casi no nos hablábamos. Se reía de mis pecas y mi pelo rizado decía que escondía las caracolas que buscaba en la playa, y que mi padre tenía una nariz excesivamente grande y que mi madre salía por las noches con el delantal al porche. Ante esto decidí ver como los demás se besaban y se querían. Y si no era tan guapa ni atractiva, bueno que mas daba. Mirar las estrellas me emocionaba y pensaba detrás de esta, detrás de aquella está el hombre que me va a querer. El que me abrazaría, él que me daría calor y amor en mi vida. Si es detrás de aquella que brilla más, oh no, será de la otra que parece más grande.

     No sé, qué lunes exactamente fue. La fecha no la puedo recordar. Pero cuando todos estaban cantando, bañándose y jugando sentí que alguien me estaba observando. Pero miré a mi alrededor y no vi a nadie. Volví y volví a mirar insistentemente pues había sentido como un escalofrío. A la mañana siguiente fui temprano a casa de la sra. Jones para hacer sus recados de la tienda de flores. Era una tienda tan bonita. En su porche colgaban las enredaderas y cuando el sol de la mañana aparecía a través de ellas tenía la sensación de que en la selva se tiene que sentir algo así. Colores y olores. Luces entre la vegetación. Magia y aventura esperando que habría detrás de ellas. Flores y macetas. Y allí entre todo ello la sra. Jones. Casi, casi formando parte de toda esa vegetación extraña y familiar. Nuestra para siempre, pues sientes como si las ramas, las hojas, las flores te intimidaran y se enredaran hasta en tu vida y que te hablaran. Y si las escucharas te pueden contar tantas cosas.

     Recibí un encargo, un encargo con flores y lazos en una casa, una casa que está en la esquina donde los árboles son tantos que no la dejan ver.

     Cuando llegué después de un viaje lento y sosegado sobre mi bicicleta teniendo cuidado de que las cajas no se movieran en la parte de atrás, nadie me abrió. Al principio pensé que no sería esta la dirección. Pero si. Entonces insistí y un hombre larguirucho y serio vino hasta la verja para abrirme.

- Hola, le dije, - traigo este encargo para la Sra. de la casa. Son unas flores muy bonitas y delicadas, tendría la amabilidad de firmar aquí.
- Un momento señorita. Si tiene la bondad de pasar conmigo. La atenderá la señora.

     Le seguí hasta la casa. Mientras avanzaba miraba a un lado y a otro. Era tanto lo que tenía que mirar. Sobre todo me llamó la atención el estanque y la fuente que daba tanta agua en una cascada de pétalos de flores y con colores rosas y azules. El agua tenía ese color y dentro un sin fin de pececitos nadaba a sus anchas sin importarles el calor jugando con su vida y adivinando al mirarme quién sería yo.

     Me recibió precipitadamente un enorme perro bondadoso y muy lamedor. Movía su rabo tanto que sus movimientos asustaban a otro más pequeñito que salió también de la casa.



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- Ven aquí Filipe. Deja en paz a la niña. Vuelve.
Pero Filipe se había olvidado de que tenía dueño y quien le daba la comida todos los días. La cocinera con su cofia le siguió y el huyendo escapó rápidamente. Pensé, creo que hoy no comerás, Filipe.

     Y en ese momento apareció, finalmente se acercó a mi. Volvió a mirarme con aquella dulzura. Su sonrisa, sus manos, y al dirigirse a mi sentí que debía dejar enseguida las flores pues se iban a marchitar.

- Buenos días, dije sin pensar. Creo que contestó, si creo que dijo algo. Pero no lo sé, porque hasta la casa que quedaba tras él, su casa, había desaparecido, ya ni siquiera el ruido de la fuente, ni el estanque, ni Filipe quedaban en mi retina ni el hombre larguirucho que permanecía a mi lado. El mundo había desaparecido.

Si, y era de día pero de repente se oscureció y vi tantas estrellas y detrás de una de ellas, la más grande y no la que más brillaba, detrás justo estaba él. Si, era él. Tenía que ser él.

     Me cogió las manos y al decirme su nombre, la caja de las flores tembló en mis manos. Él la sujetó y era tan bonito el momento, era tan distante el mundo que había dejado atrás que vibraba al pensar si todo este tiempo solo había esperado que alguien sujetara mis manos al temblar. Quizá mis queridas conchas me habían comunicado la buena nueva. Quizá si las hubiera puesto en mi oído me hubieran hablado de él. ¿Por qué no lo hice? ¿ Me hubieran adelantado el futuro? Quizá. Tal vez debiera prestar más atención a las pequeñas cosas. ¿Pero si las estrellas tenían una sorpresa para mi, quizá era un secreto?

     Solo empecé a decir que aquellas flores bonitas y delicadas procedían de la floristería de la sra. Jones, cuando él me interrumpió.

- Son unas flores muy bonitas y delicadas, y entonces guardó un momento de silencio, y siguió, - como tú.
Entonces una lagrima suave y deslizante me cubrió la mejilla y agaché la cabeza. Entonces él la levantó suavemente rozándome la barbilla. Cuando iba a entregarle la caja el dijo:
- No, no, son para ti. Tenía que regalártelas aquí en este lugar. Nunca he hecho un regalo a una chica y este entorno era para mi el más adecuado. Siento haberte hecho venir aquí.
Entonces me volví rápidamente y corrí. La caja cayó al suelo y las flores salieran rompiéndose algunas hojitas. Los pétalos quedaron separados.

     Y cuando llegué a la reja supe porqué había corrido. Porque había huido. Porque los momentos mágicos, si lo son, hay que guardarlos rápidamente para que no escapen. Porque luego cualquier cosa o acontecimiento los puede estropear y romper el encanto. Así que quería que fuera solo mío aquel instante y que ninguna palabra, gesto enturbiaran el haber podido ir hasta las estrellas y mirar qué había detrás de una de ellas.

     Y él volvió, volvió a por mi un día de verano y cogió mi mano. Y me besó y me dijo que me quería, que no me abandonaría jamás. Y paseando junto recogiendo conchas al lado del Mediterráneo supe que estaríamos juntos para siempre.

     Cuando le miro ahora y vuelvo a sentir en mi interior aquello que guardé en mi corazón que nadie ha podido sacar ya nunca mi cariño y mi amor brotan hacia su ser, hacia ese hombre.

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     Hacia este hombre que después de casi cuarenta años me acurruca por las noches, me protege por el día. Me habla dulcemente y me acompaña porque junto a él volveremos un día hacia su estrella, la que lo trajo a mi, la que guardó el secreto, o fueron las conchas, o fue Filipe. Tal vez él lo sabía. Lo sabía el primer día que me vio, por eso movía tanto su rabito.

     Yo lo sé ahora, ¿o quizá lo supe siempre? Porque viví aquel día cuando le vi todo el tiempo, toda la eternidad. Porque en mi corazón guardé la magia y nunca, nunca la dejé marchar.

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